Estaba acurrucada a la puerta de un banco toda arrugada con su esbelta mano estirada pidiendo una limosna. Aunque aparentaba más de cuarenta apenas sobrepasaba los veinte. Desde que yo recordaba SIEMPRE había estado allí. Me senté a su lado sin decir nada y el calor de mi cuerpo algo le ransmitió pues su mirada que no había subido del suelo desde hacía años, se levantó hasta mis ojos y me preguntó: -¿Por qué?-, le contesté lo mismo y me dijo:
-Me conformé con tan poco que al final me quedé sin nada.
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